Descripción
El Palazzo Cannavina es un palacio señorial del casco antiguo de Campobasso, en la calle del mismo nombre, entre el largo San Leonardo y el vico Fondaco della Farina. Tras una fachada sobria guarda cinco siglos de cambios de dueño entre las grandes familias de la ciudad.
Lo más destacado, desde fuera, es la imponente portada de aire barroco. Encima se ve un curioso escudo: un pino con dos leones enfrentados sobre tres colinas, bajo una corona de cinco puntas que no corresponde a ninguna corona nobiliaria conocida.
El edificio es un cuadrilátero en torno a un patio interior, en tres niveles: la planta baja era la cochera, y encima hay dos plantas nobles y un entresuelo. Había dos capillas privadas, una por planta noble, y queda una.
El primer núcleo se remonta quizá a las primeras décadas del siglo XVI: un escudo hallado en el interior recuerda la boda, en 1530, de Isabella di Capua y Ferrante I Gonzaga. El palacio pasó después al noble napolitano Ottavio Vitaliano y luego a los Carafa, duques de Jelsi y señores feudales de la ciudad.
En 1727, al morir Mario Carafa sin herederos, el palacio pasó a los Demanisti de Campobasso, que habían recomprado el feudo y nombrado barón a un campesino del lugar, Salvatore Romano.
A finales del siglo XVIII se lo vendieron a Michelangelo Salottolo, que lo rehízo de arriba abajo: el edificio actual es de esa época. Más tarde pasó a la familia Cannavina, que le dejó su nombre.
Dentro hubo en otros tiempos un mobiliario suntuoso, como la sala Luis XVI, los retratos de los propietarios, una biblioteca y una pianola, testigo de los fastuosos bailes de la casa.
Entre los recuerdos destacaban el catalejo del almirante Nelson, regalado por sus hijos al patriota molisano Tito Barbieri, y una bandera tricolor con la palabra «independenza» que Ferdinando Cannavina ondeó en las barricadas de Nápoles en 1848. Estaban también las cartas de los dueños de la casa con Francesco D'Ovidio, senador y académico de la Crusca y de los Linces.
Lo más destacado, desde fuera, es la imponente portada de aire barroco. Encima se ve un curioso escudo: un pino con dos leones enfrentados sobre tres colinas, bajo una corona de cinco puntas que no corresponde a ninguna corona nobiliaria conocida.
El edificio es un cuadrilátero en torno a un patio interior, en tres niveles: la planta baja era la cochera, y encima hay dos plantas nobles y un entresuelo. Había dos capillas privadas, una por planta noble, y queda una.
El primer núcleo se remonta quizá a las primeras décadas del siglo XVI: un escudo hallado en el interior recuerda la boda, en 1530, de Isabella di Capua y Ferrante I Gonzaga. El palacio pasó después al noble napolitano Ottavio Vitaliano y luego a los Carafa, duques de Jelsi y señores feudales de la ciudad.
En 1727, al morir Mario Carafa sin herederos, el palacio pasó a los Demanisti de Campobasso, que habían recomprado el feudo y nombrado barón a un campesino del lugar, Salvatore Romano.
A finales del siglo XVIII se lo vendieron a Michelangelo Salottolo, que lo rehízo de arriba abajo: el edificio actual es de esa época. Más tarde pasó a la familia Cannavina, que le dejó su nombre.
Dentro hubo en otros tiempos un mobiliario suntuoso, como la sala Luis XVI, los retratos de los propietarios, una biblioteca y una pianola, testigo de los fastuosos bailes de la casa.
Entre los recuerdos destacaban el catalejo del almirante Nelson, regalado por sus hijos al patriota molisano Tito Barbieri, y una bandera tricolor con la palabra «independenza» que Ferdinando Cannavina ondeó en las barricadas de Nápoles en 1848. Estaban también las cartas de los dueños de la casa con Francesco D'Ovidio, senador y académico de la Crusca y de los Linces.